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lunes, 6 de febrero de 2017

Garcilaso, que al bien siempre aspiraste

Nunca hemos copiado en este cuaderno su soneto más popular, que me apetece rescatar hoy. No es el texto del comentario de mañana, pero tampoco os estorba,
lo mismo que el que encontraréis si pincháis en esta vieja entrada.


[Soneto XXIII]



En tanto que de rosa y de azucena
se muestra la1 color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
enciende el corazón y lo refrena;

y en tanto que el cabello, que en la vena                       5
del oro se escogió2, con vuelo presto3
por el hermoso cuello blanco, enhiesto4,
el viento mueve, esparce y desordena:

coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto antes que el tiempo airado5                     10
cubra de nieve la hermosa cumbre6.

Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera7
por no hacer mudanza en su costumbre.



1la: el sustantivo color referido al del rostro era femenino.   2que en la vena del oro se escogió: dorado, escogido de un filón de oro.   3presto: rápido.   4enhiesto: erguido.    5airado: enfadado, enojado.   6cumbre: la cabeza, cuyo pelo se volverá blanco como la nieve.  7edad ligera: el paso del tiempo.



El nacimiento de Venus de Botticcelli, detalle



En este soneto se desarrolla el tema del Carpe diem o del Collige, virgo, rosas. Estos versos latinos —acuñado uno por Horacio, el otro por Ausonio—, han sido versionados por poetas de todas las épocas, por lo que se han convertido en tópicos literarios. Ambos invitan a las mujeres jóvenes a gozar los dones de su edad antes de que se pierdan con el tiempo. Según el canon establecido por Petrarca, la descriptio puellae o descripción de la amada se realizaba a través de una serie de rasgos idealizados, que dieron lugar a metáforas fosilizadas: tez blanca, representada mediante la azucena (símbolo también de pureza, de ahí la correlación con honesto), mejillas coloradas, identificadas con la rosa (flor pasional, correlativa a ardiente) y cabello siempre de oro.






martes, 10 de enero de 2017

El Cancionero de Petrarca



 Francesco Petrarca (1304-1374) nació en la Toscana de  Italia en 1304, aunque desde niño vivió en Avíñón (en la región francesa de Provenza), donde en 1327, conoció a Laura de Noves, la inspiradora de toda su poesía amorosa, incluso tras su muerte en 1348 víctima de la peste que asolaba Europa. Petrarca dedicó la mayor parte de su vida a la labor filológica de recuperar y divulgar a los clásicos latinos, así como a su propia creación literaria, la cual sometió a constante revisión: fue sin duda el primer humanista y el modelo de los posteriores. En italiano (o lengua vulgar) escribió durante cuarenta años el Canzoniere o Cancionero (titulado originalmente Rerum vulgarium fragmenta) la obra más influyente durante siglos de la literatura universal, como veremos.

En su forma definitiva, el Cancionero de Petrarca consta de 366 composiciones, con predominio absoluto de los sonetos, aunque figuran también canciones y otros subgéneros líricos. En la obra se aprecian influencias de la antigüedad clásica (visible en las referencias mitológicas y el neoplatonismo), del dolce stil novo (poesía italiana del siglo XIII) y de la tradición provenzal del amor cortés. 


  Frente a los poemarios de los poetas trovadorescos el Cancionero es un conjunto coherente pues en él cuenta Petrarca, desde su presente, su historia amorosa con Laura para rescatarla del olvido y eternizarla. El tema principal es el amor y, en relación con él, todo el conjunto se divide en dos partes: En vida de Laura (In vita) y En muerte de Laura (In morte). 
  
 La principal seña de identidad del petrarquismo es su concepción del amor, muy imbuida del idealismo de la filosofía platónica. El poeta se siente atraído primero por los rasgos sensuales de una dama, (la bella Laura en el caso del Petrarca), sobre todo por sus ojos y por su cabello, que quedan grabados en el amante (recuérdese «Escrito está en mi alma vuestro gesto», de Garcilaso). La contemplación de esa imagen no produce tanto un afán de posesión o de unión carnal como un efecto de elevación en el alma del poeta. De ese modo, su sentimiento amoroso se va espiritualizando, hasta el punto de que la belleza de la amada trasciende su condición particular para simbolizar la propia idea de la belleza. 

 Sigue un ejemplo, tomado de la traducción de Jacobo Cortines para su edición bilingüe (Madrid, Cátedra, 1989) para que lo comentéis si os apetece.

CLVIII
Aquel acerbo y honorable día
tan viva al corazón mandó su imagen
que no ha de describirlo ingenio o pluma,
aunque vuelvo hacia él con la memoria.
El gesto lleno de piedad y dulce 
amargo lamentar que yo escuchaba
dudar hacían si mortal o diosa 
era aquella que al cielo aquietó en torno.
Oro el cabello, el rostro nieve cálida, 
cejas y ojos, ébano y estrellas, 
donde Amor no tendía su arco falso;
perlas y rosas, donde recogido  
daba el dolor ardientes voces bellas;
cristal el llanto, y llama los suspiros.